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El hecho saliente del cierre de las listas electorales fue que, después de muchas idas y vueltas, finalmente Sergio Massa decidió encabezar la lista a diputados nacionales en la provincia de Buenos Aires enfrentando al kirchnerismo. Más allá de la muy buena imagen con que cuenta Massa, su posicionamiento lo obligará a transitar un delgado desfiladero: cómo mantener su indefinición en el contexto de una campaña fuertemente polarizada, de forma de captar tanto a oficialistas como opositores moderados.

Su lanzamiento genera múltiples afectados: el Gobierno Nacional (porque compromete la victoria en la provincia de Buenos Aires), De Narváez (dado que le que quita un importante caudal de votos y lo relega a pelear por el tercer lugar), pero principalmente el gobernador Scioli, ya que un buen resultado del Frente Renovador en la elección lo pondría a Massa automáticamente en carrera para la sucesión presidencial. Por cierto, cuesta entender la lógica negociadora del Gobernador: después de haber coqueteado un arreglo con De Narváez y Massa que le permitiera colar candidatos provinciales en sus listas para asegurarse la gobernabilidad, terminó aceptando mansamente apoyar la lista oficialista sin obtener ningún rédito a cambio. El único beneficio es que, al menos en el corto plazo, no deberá afrontar mayores complicaciones en la gestión y los cañones de la Casa Rosada tendrán otro destinatario.

Por su parte, la actividad económica empieza a mostrar algunos signos de recuperación, pero que se encuentran vinculados esencialmente a la liquidación de la cosecha agropecuaria y a la recuperación del sector automotriz, que estadísticamente tienen un mayor impacto en el 2T. No obstante, en un escenario en el cual la masa salarial crece muy poco (con un salario real estancado y escasa creación de empleo), difícilmente el consumo privado podrá traccionar la actividad económica.

El principal motivo de preocupación que muestra la economía se vincula con la dinámica cambiaria: aun iniciada la liquidación de la cosecha gruesa, las reservas internacionales del Banco Central acumulan una caída de casi US$ 6.000 M en el 1S-13. Si bien existen factores puntuales que profundizan esta evolución (caída del precio del oro, cancelación de préstamos con el BIS y el Banco de Francia, etc), la causa principal es que las restricciones cambiarias se muerden la cola: los dólares que ahora no se van por dolarización y giros de utilidades al exterior, tampoco entran por financiamiento comercial y se van cada vez más por turismo y energía.

No obstante, consideramos que la evolución reciente de las reservas no resulta de utilidad para proyectar el futuro. El Gobierno, puesto en la disyuntiva, tiene siempre disponible la posibilidad ajustar el grifo de salida de las importaciones o bien acotar el drenaje por turismo. Obviamente, esto implicará ponerle un techo muy bajo al crecimiento de la economía. Pero pasadas las elecciones legislativas el costo político de este tipo de decisión será claramente preferible al de un escenario de incertidumbre cambiaria agravado. Una vez que el Gobierno decidió transitar el camino del atraso cambiario sin financiamiento externo, no tendrá otra alternativa que profundizar los controles cambiarios para estabilizar la dinámica de las reservas y pasar sin sobresaltos los últimos años de su mandato.

 

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