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El Gobierno llegaba al poder con la premisa de un cambio transformador de largo plazo luego de 12 años de populismo. Este objetivo tenía dos dificultades: el deterioro de la economía y la debilidad política del nuevo gobierno. La agenda económica tenía una mirada de largo plazo. En cambio, la agenda política tenía un objetivo de corto plazo (elecciones legislativas de 2017).

Ni bien asumió el Gobierno comenzó a mostrarse muy activo en términos de decisiones económicas que atacaron todos los desequilibrios. Sin embargo, la recesión se fue alargando y profundizando. También la inflación resultó muy superior a lo que prometía y esperaba el Gobierno. La corrección de precios relativos (tarifas) y reducción del gasto que intentó no prosperó. Primó el temor en la sociedad y se trasladó automáticamente al Gobierno. La situación con el empleo también era otra fuente de preocupación.

Cuando el “segundo semestre” no llegó y creció la ansiedad por la llegada de los brotes verdes, comenzaron a entrar en conflicto el objetivo de corto -sostenibilidad política- y la agenda transformadora de largo plazo. Según el Gobierno, su éxito político dependerá de la evolución de la economía en el corto plazo. Esta premisa determina una postergación automática del largo plazo por sobre el corto plazo que se reflejó en el cambio de la agenda económica. Recesión, empleo, tarifas, inflación y debilidad política fueron compensados por el Gobierno con una política fiscal más expansiva.

¿Cuál es la situación de los desequilibrios macroeconómicos luego de casi un año de gestión? En este informe veremos cuánto pudo avanzar el Gobierno en la agenda económica teniendo en cuenta que tarde o temprano los desequilibrios deberán ser atacados. También analizaremos qué implica el cambio del contexto internacional luego del triunfo de Trump.

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