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Falta menos de un mes para las elecciones presidenciales. La abrumadora diferencia obtenida en las PASO por el oficialismo y los nuevos desatinos de la oposición sólo dejan la duda de cuál será el porcentaje que terminará obteniendo CFK.

Sin incertidumbre en materia electoral, el signo de interrogación pasa por el escenario económico que deberá enfrentar el próximo gobierno, y su respuesta ante los nuevos desafíos. Domésticamente, la dolarización, lejos de estabilizarse después de las primarias, aumentó. Esta evolución se explica por factores estructurales vinculados a los equilibrios macroeconómicos, que se reflejan en la percepción de una inevitable corrección futura del tipo de cambio nominal contra el dólar post octubre.

El contexto externo es claramente más adverso. En primer lugar, prevemos un escenario de estancamiento para los países desarrollados. Por otro lado, el cambio de signo de la política monetaria en Brasil ha generado presión adicional sobre el mercado cambiario doméstico: el Real brasileño se depreció prácticamente un 20% en un mes. Tratándose de nuestro principal socio comercial y destino de la mitad de nuestras exportaciones industriales, el nuevo escenario impactará sobre el saldo comercial bilateral.

Con el 50% de la demanda mundial prácticamente en recesión y una inevitable desaceleración en el ritmo de crecimiento de los emergentes, es esperable que los precios de los commodities muestren una tendencia a la baja. Se trata de un tema sensible para nuestra economía: cada 10% de caída en el precio de la soja implica menores exportaciones por US$ 2.700 M y una caída en la recaudación de US$ 1.000 M.

El informe analiza cuál será la respuesta de política económica del kirchnerismo ante este nuevo escenario junto con nuestras proyecciones para el 2012. Si bien hubo trascendidos respecto a una mayor racionalidad en materia económica (pauta salarial del 18%, suba de tarifas de servicios públicos, fortalecimiento fiscal, etc), entendemos que el Gobierno hará equilibrio entre la utilización de la política fiscal para dinamizar la actividad económica y la necesidad de bajarle un cambio a la nominalidad de la economía. Además, porque en un escenario externo más incierto, los beneficios de un giro hacia la racionalidad –en términos de IED o acceso al financiamiento- se vuelven mucho más difusos. Así, prevemos que la economía crecerá un 3% con una desaceleración en el margen de la inflación, pero al costo de profundizar el proceso de apreciación real del peso.

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