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El resultado de las elecciones internas abiertas del Frente Progresista Cívico y Social en Santa Fe hacía presumir que aumentarían las chances de un acuerdo entre el Socialismo y la UCR a nivel nacional: la victoria de su delfín revalidaba los pergaminos de Binner hacia el interior del socialismo a la vez que la muy buena elección del candidato radical Barletta, relegando al senador Giustiniani al tercer lugar, parecía forzar al socialismo a mantener el armado con la UCR para intentar asegurar un nuevo turno en la gobernación en Santa Fe.

Sin embargo, nada de esto sucedió. La excusa del socialismo fue que Francisco de Narváez representaba un límite para cerrar un acuerdo nacional. Teniendo en cuenta la simultaneidad de las elecciones presidenciales y en la provincia de Buenos Aires, para Alfonsín resultaba indispensable acordar con un candidato competitivo en la provincia para mantenerse con chances en la presidencial. Caída la opción Binner, Alfonsín sorprendió anunciando rápidamente a Javier Gonzalez Fraga como compañero de fórmula: priorizó una mayor solidez en el discurso económico (una de sus principales falencias) antes que el conocimiento público.

En la decisión socialista pareció pesar más la percepción de que el triunfo kirchnerista es un hecho, prefiriendo concentrar fuerzas en mantener el poder provincial y, en el caso de Binner, aspirar a un lugar de mayor visibilidad que una eventual derrota como candidato a vicepresidente de un armado variopinto.

Dado el estado de confusión que evidencia la oposición, los riesgos para el kirchnerismo de cara a las elecciones parecen provenir más que nada del “fuego amigo”. El ruido generado por la renuncia y las denuncias de corrupción contra Sergio Schoklender en su desempeño como apoderado de la Asociación Madres de Plaza de Mayo es un claro ejemplo al respecto, que puede dañar al gobierno en un aspecto en el cual parecía políticamente intocable. Adicionalmente, el conflicto generado en el PJ cordobés por el intento de unificación partidario es una evidencia más de que el proceso de cierre de listas no resultará una tarea nada sencilla para el kirchnerismo.

Más allá de las dudas que trascendieron a la prensa con respecto a la eventual declinación reeleccionista de CFK (incluyendo una ruidosa desmentida a las declaraciones de Kunkel), lo cierto es que todas las señales políticas que da el Gobierno parecen tener como horizonte el 2015: la selección del precandidato mejor posicionado para la difícil elección porteña, el progresivo cerco a Moyano, el armisticio con Scioli, el disciplinamiento del PJ, la reestructuración de la Policía Federal, etc.

El Gobierno habitualmente define su gestión como un “modelo económico de acumulación con matriz diversificada, tipo de cambio competitivo e inclusión social”. Y en esta visión, la reindustrialización del país resulta un activo esencial del ciclo kirchnerista. Teniendo en cuenta que el tipo de cambio real competitivo ha sido la única política de promoción para el sector, vale la pena analizar en detalle la evolución de la industria manufacturera post colapso de la Convertibilidad y las perspectivas futuras del sector en un contexto en el cual, producto del desinterés manifiesto del Gobierno en materia inflacionaria, el margen cambiario se irá achicando de forma acelerada.

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