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El milagro portugués ha estado en boca desde hace aproximadamente un año. Hace 8 años Portugal empezó a sufrir las consecuencias de tener una economía con desbalances macroeconómicos. En apenas 3 años cayó 7% (2011-2013). La Troika (FMI, BCE, Comisión Europea) dio el apoyo cuando Portugal se quedó sin financiamiento, pero poniendo condiciones. Hace 6 años que el país crece con cuentas sanas, baja inflación, una cuenta corriente equilibrada y superávit fiscal.

Los milagros no existen. De hecho, hablar de milagro es subestimar todo el costo que tuvo que pagar la sociedad lusa luego de los programas acordados con La Troika. Las medidas impopulares abarcaron a todos los sectores. El desembolso fue firmado por un gobierno de centro derecha y luego respetado por la alianza socialista con la izquierda radical. Portugal fue consistente en el cumplimiento del programa independientemente del signo político. Por supuesto, una vez saneadas las cuentas el gobierno socialista empezó a aplicar medidas más populares, pero la austeridad fue una constante que pagaron trabajadores y clase política durante al menos 3 años.

El milagro portugués tuvo varias aristas, pero se puede resumir en una fuerte caída del costo laboral unitario en una economía sin inflación y sin capacidad de realizar política cambiaria. Es decir, con una devaluación vía ajuste nominal de salarios. La madurez que mostró la sociedad para afrontar la crisis contrasta con la ansiedad de la sociedad argentina que acostumbrada a fuertes crisis ha vuelto a todos los agentes cada vez más cortoplacistas y reticentes a hacer frente a un nuevo ajuste.

Creemos que existen fuertes diferencias entre el caso portugués y el argentino, pero de todas formas se pueden extraer algunas enseñanzas para que adopte el próximo gobierno. Lo principal es que la economía se recuperó y crece sobre cimientos sólidos gracias a que cumplió con lo acordado con La Troika y no gracias a atajos. Se puede discutir la velocidad de convergencia fiscal con el FMI en el caso argentino, pero de ninguna manera debería primar la idea de patear el tablero.

Nuestro país va a necesitar acceso a los mercados si quiere retomar la estrategia de gradualismo fiscal, pero al mismo tiempo debe sostener un tipo de cambio competitivo a partir del cual puedan prosperar las exportaciones y la demanda de inversión. La convivencia de estos dos fenómenos es compleja y si se quiere priorizar el crecimiento la necesidad de cerrar el bache fiscal lo antes posible resultará clave.

En algún punto Argentina tiene resueltas algunas cuestiones que Portugal no las tenía, como por ejemplo la capacidad de modificar precios relativos gracias a la inflación y a un tipo de cambio flexible. Sin embargo, la ubicación geográfica, la no pertenencia a una unión económica con libre movilidad de factores y la falta de consenso social acerca de la conveniencia de depurar el desequilibrio fiscal y externo hacen que el caso argentino sea más complejo.

De todas formas, es interesante desmitificar el milagro portugués para generar conciencia de este lado del hemisferio. Seguramente sirva para entender las dificultades de atravesar varios años de desprolijidad en materia macroeconómica y que, básicamente, no existe almuerzo gratis.

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