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Ya está. Trámite cumplido. Se acabó el limbo de más de dos meses, creado artificialmente entre unas desvirtuadas Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias (PASO) y las elecciones generales. Ahora viene un tiempo de espera más tradicional, el que deberá transcurrir hasta la conformación (o, al menos, el anuncio) del futuro gabinete.

La combinación de factores a la vista es nueva para el kirchnerismo. En primer lugar, Cristina Fernández de Kirchner, obtuvo un segundo mandato arrasando en las urnas. Ello es distinto a lo que ocurrió con el 22% de Néstor Kirchner, y también a su propio triunfo en 2007. En esos momentos, los votos parecían relacionados con el reconocimiento del período 2003-07 más la expectativa de lo nuevo, de cómo todo podría mejorar, que era lo que ella representaba. En esta oportunidad existe también una aprobación del pasado pero acompañada de cierto temor respecto de las posibilidades de continuar en la misma senda sin modificaciones. El aluvión de sufragios se puede interpretar así como un pedido generalizado de que no se vean afectadas las mejoras obtenidas, no de esperanzas de superación sino más bien de conservación. Las diferencias obtenidas con el resto de los contendientes resultan así claras: ninguno dio muestras de estar a la altura del kirchnerismo para defender los logros de los últimos tiempos.

En segundo lugar, la coyuntura económica actual es definitivamente distinta a la existente los ocho años previos. La economía doméstica muestra signos de un agotamiento debido a la acumulación de inconsistencias. Y el contexto internacional presenta grandes nubarrones, aún cuando medidas temporales parezcan generar algún claro por donde se cuela un breve sol.

La manifestación de esa incertidumbre respecto de lo que querrá y podrá hacer la nueva administración para lidiar con la situación económica se refleja en la dinámica de la fuga de capitales. No sólo está relacionada con demandas de las casas matrices a sus subsidiarias locales, sino que también es alimentada por las compras de actores domésticos tanto mayoristas como minoristas.

Aún antes de que los anuncios del nuevo gabinete encumbren a los protagonistas futuros, esta “batalla por las reservas” está signando el tiempo presente. Creemos que vale la pena entenderla para pensar también en lo que le depara a la economía: una interpretación final del legado de Néstor Kirchner, que será seguramente escrito en piedra porque la oposición carece de cualquier capacidad para influir y porque ya no está él para modificarlo con su característico pragmatismo.

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