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El accidente ferroviario de Once tendrá sin dudas sus consecuencias políticas. Pero es probable que se trate de uno más de las varias fachadas de la gestión que comenzarán a descascararse dejando al descubierto una realidad peor a la aparente.

A pesar del extraordinario crecimiento de los últimos ochos años, poco ha cambiado en términos estructurales en nuestro país. El patrón de producción no es significativamente diferente del vigente previamente, la infraestructura de transporte ha cambiado poco o nada, el déficit habitacional se mantiene y en energía no sólo nos hemos estado consumiendo los stocks sino que perdimos el autoabastecimiento. Y algo similar puede decirse de la situación social, más allá del boom económico y los programas de asistencia específicos.

Todo ello revela algo más que sigue sin cambiar en Argentina: el desdén por una gestión pública orientada estratégicamente, rigurosa y sostenible, y que rinda cuentas de su accionar. Esta falencia no es nueva sino que lleva ya casi medio siglo.

La diferencia es que en estos años hemos vivido una inusitada bonanza económica que no fue aprovechada para cambiar definitivamente el rumbo. De hecho, lo contrario parece ser cierto: a los efectos de mantener las apariencias hemos estado utilizando riqueza acumulada, algo que habremos en algún momento de lamentar.

Un ejemplo claro de ello es la utilización de los recursos de la ANSES. La vuelta al sistema de reparto proveyó al Gobierno de importantes fondos, tanto en forma de stock como de flujos, que éste se ha empeñado en gastar. El resultado es un pasivo importante a futuro y una innecesaria debilidad fiscal provincial.

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