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Cerrando un año decepcionante en materia económica (que combinó estancamiento de la actividad y el empleo con una inflación que lejos de ceder se aceleró en el margen y la generalización del cepo cambiario), el Gobierno debió enfrentar un noviembre complicado: a la masiva marcha popular del 8N, le siguió la protesta del gremialismo no kirchnerista el 20N y los sucesivos fallos de la justicia estadounidense que pusieron al país al borde de un nuevo default.

Aun cuando la recuperación de la actividad se mostró débil en el tercer trimestre, el Gobierno está confiado en que factores exógenos a su control -como la eventual recuperación de Brasil y la mayor cosecha de soja- le devolverán dinamismo a la economía en 2013 y permitirán impulsar el consumo privado. La incógnita a develar es cómo reaccionará el Gobierno si la recuperación de la economía no es la que se espera (y la que necesita de cara a las cruciales elecciones legislativas). Máxime en un contexto en el cual la economía empieza a sentir los efectos de la apreciación real del tipo de cambio y el margen de maniobra macro es mucho más limitado que en el pasado (tanto en términos cambiarios, fiscales, salariales como externos).

Lo cierto es que, mirado en perspectiva, desde su llegada a la presidencia CFK ha reaccionado ante los distintos desafíos que le fue planteando la economía (INDEC, subsidios, gasto público, inflación, estatización AFJP, “sintonía fina”, crisis energética, etc) redoblando la apuesta y priorizando el beneficio cortoplacista por sobre la sostenibilidad de largo plazo. El problema es que los resultados de esta estrategia empiezan a emerger a la superficie.

Si bien la estrechez macro puede obligar a algunos replanteos de las decisiones del pasado, el problema es que la historia no muestra que las revisiones sean para corregir el rumbo hacia la normalidad, sino para implementar medidas siempre de naturaleza extraordinaria.

Esta dinámica se ve profundizada por un sistema político muy desequilibrado que carece de oposición. Esto lleva a una dinámica en la cual el Gobierno persiste en sus errores de gestión y va expulsando progresivamente a más sectores, pero no hay ningún partido de la oposición en condiciones de capitalizar políticamente y sumar a los expulsados. Así, se trata de un Gobierno que se va cerrando cada vez más sobre sí mismo y al cual sólo le van quedando los llamados “leales” (la Cámpora, los movimientos sociales, los ex-frepasistas, etc). Esta fue la voluntad de CFK: después de ganar sola las elecciones, ahora está gobernando también en soledad.

En la lógica de pensamiento del Gobierno, la única disidencia visible con respecto al relato oficial son los medios de comunicación. Es por ello que, y a partir de una incorrecta lectura de lo sucedido en Venezuela, el mentado 7D se haya transformado en la estrategia política excluyente del oficialismo.

¿Será capaz de reinventarse una vez más el Gobierno, como lo hizo luego del conflicto agropecuario y la derrota en las elecciones de 2009? Las administraciones de CFK se han caracterizado por su capacidad de resurgimiento pero también por decisiones que sistemáticamente desafían la normalidad. Hasta ahora, siempre hubo margen para ese tipo de jugadas. Hoy, no parece existir más.

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