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La economía llegará a las cruciales elecciones presidenciales de 2011 con una combinación de alto crecimiento (aunque naturalmente menor que en 2010) y alta inflación. La estrategia del Gobierno será compensar a los empleados formales con incrementos salariales similares (o incluso por encima) a la suba de los precios, y a los jubilados y beneficiarios de planes sociales con subas nominales de las prestaciones y pagos puntuales por única vez, de forma de mantener un “mundo feliz” en términos de política de ingresos. Con buenos precios de los commodities y un real brasileño hiper fuerte, hay colchón (al menos en términos agregados) para que la economía resista la mayor apreciación real, ya que el tipo de cambio nominal seguirá acaparando todo el peso de la “lucha” contra la inflación. Y para mantener la demanda doméstica bien alta, el Gobierno contará con los recursos necesarios para implementar su política económica predilecta: el crecimiento desenfrenado del gasto público.

Si bien esta estrategia resulta claramente insostenible más allá del corto plazo, al kirchnerismo le permite llegar a las elecciones y luchar por alcanzar el mágico 40% en la primera vuelta. Claro está, dado los bajos niveles de aceptación actuales del matrimonio presidencial, queda la duda si las buenas noticias en términos de actividad económica serán suficientes para compensar el malestar generado por la inflación y recuperar el apoyo de aquellos sectores que se alejaron del Gobierno luego del conflicto con el sector agropecuario y la “profundización” del modelo.

Lo cierto es que en pos de recuperar el apoyo de la clase media poco ayudan algunos de los últimos gestos que dio el Gobierno: rol preponderante de Hugo Moyano al frente del PJ bonaerense, escalada del conflicto con la Corte Suprema (incumplimiento del fallo que obliga a reponer en el cargo al ex procurador Eduardo Sosa en Santa Cruz, recorte presupuestario, marcha a Tribunales para presionar por el fallo inminente sobre la ley de medios –exabruptos de Bonafini incluidos-, etc), destrato a la clase media en el discurso de CFK en el Luna Park, etc. En este sentido, tampoco se entiende el maltrato público al cual sometió al Gobernador Scioli, la figura de mejor imagen dentro del conglomerado kirchnerista, prácticamente obligándolo a realizar tibios y sutiles gestos de diferenciación política. Es como si el Gobierno no pudiera contener su impulso natural a la polarización.

Las últimas noticias políticas no fueron favorables para el kirchnerismo: sorpresiva derrota de Yasky en la elección de la CTA, incipiente formación de un grupo de intendentes díscolos en la provincia de Buenos Aires, triunfos opositores en las elecciones de representantes de abogados y jueces ante el Consejo de la Magistratura, etc. Pero los recurrentes problemas de la oposición para alcanzar acuerdos en el Congreso y articular un discurso atractivo ante el electorado que exceda la mera crítica al kirchnerismo son la causa principal que explica que el oficialismo aún mantenga las esperanzas de ser reelecto.

De cara al futuro, el principal desafío que le tocará enfrentar a la economía argentina es la disminución de la inflación. El abordaje de la problemática inflacionaria deberá realizarse gradual e integralmente, de forma de lograr una coordinación de políticas macro consistentes con dicho objetivo. El BCRA deberá tener un rol preponderante. Recientemente, se confirmó a Mercedes Marcó del Pont al frente del BCRA (y a los directores Pesce y Farías, junto con la sorpresiva designación de Santiago Carnero), a la vez que circula un proyecto tendiente a modificar el artículo 3º de la Carta Orgánica (que fija la misión fundamental del BCRA). Teniendo en cuenta que el BCRA se ha transformado en los últimos tiempos en el prestamista de última instancia del Tesoro, el Informe analiza en detalle su evolución reciente y los requisitos que deberán cumplirse para lograr un posición intermedia entre la ficción de la “autonomía absoluta” de los ‘90s y la subordinación actual a las necesidades del Tesoro.

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