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Mezcla de virtudes domésticas y un contexto internacional más favorable, los principales riesgos que se cernían sobre la economía doméstica de cara al 2010 parecen haberse disipado. En primer lugar, el anuncio de una nueva propuesta a los hold-outs que no entraron al Canje de 2005 y el (tibio) intento por restablecer la relación con el FMI significaron un cambio radical en las perspectivas financieras de la argentina: los bonos públicos siguieron con su rally alcista y el freno en la dolarización de portafolios permitió que el BCRA volviera a comprar reservas en el mercado cambiario. La normalización de las relaciones financieras con el resto del mundo posibilitará que en poco tiempo el país pueda volver a obtener financiamiento en los mercados voluntarios, aventando cualquier incertidumbre con respecto a la capacidad de pago de nuestro país para honrar los compromisos externos.

El cambio del contexto internacional también hizo su parte. La sensación generalizada de que lo peor de la crisis ha quedado atrás trajo aparejada una significativa depreciación mundial del dólar (con la consecuente apreciación de las monedas de los principales socios comerciales de nuestro país) y se elevó la expectativa de crecimiento de la economía mundial para el 2010. De esta forma, la competitividad de la economía argentina recibió un extraordinario impulso desde el exterior: pese a que la inflación se mantiene en los dos dígitos, el tipo de cambio real multilateral argentino se ubica en niveles apenas inferiores al promedio prevaleciente en los años 2003-2007.

La incertidumbre financiera (asociada a la falta de acceso a los mercados de financiamiento voluntarios y al fin de la holgura fiscal) y la expectativa de un ritmo de depreciación más acelerado del peso (por el efecto combinado de la pérdida de competitividad de la economía y un ritmo de dolarización muy difícil de sostener que secaba de pesos a la economía) eran dos de los principales riesgos que debía enfrentar la Argentina de cara al 2010. Ambos riesgos han quedado atrás con el cambio de escenario producido en los últimos tiempos. Si a ello agregamos las buenas perspectivas para la cosecha 09/10 y la recuperación de la economía mundial (de forma particularmente vigorosa en Brasil y China), están dadas las condiciones para que la economía argentina recupere en 2010 buena parte de lo perdido en 2009.

Este mejor panorama no implica que no persistan otros factores potenciales de conflicto. Tratándose de la economía latinoamericana que tuvo la mayor desaceleración en el ritmo de crecimiento del PBI en 2009, el crecimiento que esperamos para el 2010 (en torno al 3,5%) no resultará suficiente para dinamizar la creación de empleo y provocar una baja sostenida en la tasa de desocupación. Si a ello sumamos la aceleración de la inflación que estimamos para el 2010 (17,5%), es esperable un escenario en el cual se acentuará la puja distributiva y la conflictividad social.

Por el lado de las cuentas provinciales la situación también luce complicada. Pese a los mayores apremios fiscales, las provincias han optado (al menos hasta el momento) por rehusar la disputa por un reparto más equitativo de los recursos entre la Nación y las Provincias, encomendando la suerte de sus distritos a la buena voluntad del Gobierno Nacional en materia de asistencia financiera.

La subordinación provincial, conjuntamente con cierta impericia del arco opositor, le ha permitido al Gobierno recuperar fuerzas y poner el foco en las presidenciales del 2011 (algo impensado luego del resultado de los comicios de junio). Si bien la economía ya no será un lastre (como sí lo fue este año), la pérdida por parte del oficialismo de la mayoría en el Parlamento plantea un escenario inédito para el esquema de funcionamiento político del matrimonio presidencial. Es por ello que en este informe centramos el análisis en las posibles implicancias de esta nueva relación de fuerzas.

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