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En el corto plazo, el Gobierno ha logrado morigerar la alta incertidumbre cambiaria que afectaba a la economía. El acuerdo con los productores agropecuarios para acelerar el ritmo de liquidación de la cosecha (que reportaría US$ 1.500 M adicionales en 2014), la licitación de bandas de 4G (se recibieron ofertas por un total de US$ 2.230 M), y la activación del swap cambiario con China (que aportó US$ 814 M a las reservas internacionales) representan un “puente cambiario” hasta enero de 2015 y permitieron estabilizar la dinámica de las reservas. Adicionalmente, los trascendidos que deja correr el Gobierno de su voluntad de alcanzar un arreglo con los holdouts apenas iniciado el 2015 y la señal de emitir deuda dollar-linked para disminuir el esfuerzo monetario derivado de un gasto que sigue creciendo fuerte, impactaron sobre las expectativas de depreciación del sector privado y bajaron fuertemente la brecha cambiaria.

Estas medidas posibilitaron atender la urgencia cambiaria de corto plazo, pero el resto de los problemas que presenta la macro siguen en pie. De hecho, la voluntad de volver a utilizar al tipo de cambio nominal como “ancla inflacionaria” implica profundizar el atraso cambiario (el Tipo de Cambio Real Multilateral está nuevamente en los valores de finales de 2013), lo que indudablemente afectará la actividad económica.

Teniendo en cuenta el cambio en las condiciones externas, vale la pena analizar cómo administró la región la bonanza de la última década y cómo está parada para enfrentar el nuevo escenario. Y, a la luz de los resultados electorales recientes, analizar cómo impacta sobre las próximas elecciones presidenciales el hecho de que el populismo se haya transformado en una fórmula política prácticamente imbatible en la región.

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