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La economía mundial colapsó e inevitablemente arrastró a la Argentina. Cayó la demanda del exterior, principalmente de los productos industrializados. También cayeron los precios (especialmente de los commodities), y por ende, la rentabilidad de los bienes que la Argentina exporta. Además, nuestros socios comerciales reaccionaron frente a la crisis devaluando a una velocidad superior a la que la Argentina puede hacerlo (por sus antecedentes de pánicos cambiarios), socavando así la ventaja competitiva de nuestra economía.

Esto elemento externo se sumó a uno interno que lo precedía: la desconfianza en el manejo de la política económica local. La extensión del conflicto con el campo, la estatización de las AFJPs y el adelantamiento de las elecciones instalaron una sensación de que, para el kirchnerismo, “todo vale” con el objetivo de preservar el poder, lo cual en su lógica tiene como pre-requisito conservar la Caja.

Previsiblemente, esta combinación de factores dio lugar a conductas defensivas por parte de los agentes económicos. Las empresas frenaron sus inversiones, redujeron las jornadas laborales y liquidaron stocks. Los individuos pasaron a comprar dólares, dejaron de endeudarse y contrajeron su consumo, retroalimentando el cambio de expectativas de las empresas.

Así, tras 6 años de bonanza económica, la Argentina pasó a estar nuevamente en crisis. Afortunadamente, no es una crisis con default, devaluación ni corrida cambiaria. Es  en cambio una crisis de recesión con inflación.

¿Cómo puede salir la Argentina de esta crisis versión 2009? ¿Podemos esperar que se revierta alguno de estos dos factores?

En nuestra perspectiva, no será el mundo quien nos saque, al menos en el corto plazo. La inyección de liquidez ha calmado por el momento a los mercados financieros, pero el deterioro del sector real sigue su curso y no esperamos una recuperación lenta hacia fines de este año o principios del próximo.

La Argentina tampoco puede beneficiarse de esa liquidez que está habiendo en el mundo. Brasil, México y Colombia han aprovechado las ventanas de oportunidad para colocar deuda en los mercados internacionales. Otros, como Turquía, Hungría, Islandia, Colombia y México, han aprovechado la pro-actividad de las Instituciones Internacionales para pedir asistencia financiera ante el FMI. La Argentina no ha hecho ni lo uno ni lo otro, ni tampoco está en condiciones de hacerlo en el corto plazo.

Peor aún, además de no poder beneficiarse de las políticas expansivas del resto del mundo, la Argentina tiene poco margen para aplicar políticas expansivas propias. Como venimos reiterando, sin acceso a financiamiento externo, las cuentas fiscales deberán ajustarse tras las elecciones para evitar la cesación de pagos (no creemos en la posibilidad de un default voluntario del Gobierno por los costos políticos que acarrearía para el kirchnerismo). La política monetaria es ineficiente (y paradójicamente contractiva) porque los agentes no demandan pesos. Sólo la política cambiaria, que el BCRA trata de llevar adelante en dosis homeopáticas y disimuladamente, podría llegar a tener algún efecto expansivo.

Las visiones más optimistas prevén una corrección del rumbo económico tras las elecciones de junio e imaginan al Gobierno poniendo a la economía por delante de la política. En nuestra opinión, habrá menos ruido político tras las elecciones, pero no por ello habrá menos conflicto.

El kirchnerismo intentará mostrarse ganador en la noche del 28 de junio, y por ello procura reducir la elección nacional a lo que suceda en la Provincia de Buenos Aires. En cambio, para el resto del justicialismo (principalmente gobernadores y ex-gobernadores de peso), el kirchnerismo habrá perdido y por ende debería ceder una parte de su cuota de poder.

La convivencia entre estos dos sectores, que será inevitable, no será ordenada sino desgastante. No habrá (como sí hubo en 2002 con la Liga de Gobernadores) una mesa de negociación en la cual se definen los lineamientos generales de la estrategia política y económica futura. Habrá en cambio una permanente disputa por la Caja y el poder. El Gobierno usará más a menudo los Decretos de Necesidad y Urgencia, lo cual será denunciado por los otros sectores. En el Congreso, la oposición frenará los proyectos oficiales, pero tampoco tendrá margen para imponer los propios. Las Provincias exigirán en el Congreso un reparto más equitativo de los recursos y reclamarán por la coparticipación del impuesto al cheque, del impuesto a las ganancias (ambos vencen a fin de este año) y el superávit de la ANSES. El Gobierno Nacional, ahora con la billetera “flaca”, amenazará con dar marcha atrás las retenciones a la soja (que se creó por Decreto y se puede deshacer de la misma manera) y suspender el envío de fondos discrecionales para obra pública.

Pese a los desaciertos en el manejo de la política económica, la economía argentina no requiere de grandes “milagros” para ser reencauzada. El sistema financiero está líquido, el colchón externo sigue siendo significativo y el frente fiscal luce manejable con algunas correcciones. Redireccionar el rumbo requiere recuperar la confianza local e internacional del INDEC, dar señales que propendan hacia la normalización de las relaciones financieras con el resto del mundo y eliminar las trabas existentes en aquellos mercados que son estratégicos para dar el salto exportador.

Y requiere esencialmente de un cambio actitudinal, que vaya exactamente en el sentido contrario al de las últimas señales del Gobierno (nombramiento de directores del Estado en empresas privadas, complacencia ante la estatización de empresas nacionales por parte de terceros países y estatización de empresas privadas concursadas).

No creemos que el segundo semestre del año nos sorprenda con un reencauzamiento de la política económica. Creemos, más bien, que habrá una de cal y una de arena, lo cual no alcanzará para sacar a la economía argentina de la letanía que está viviendo. Como dijimos, el mundo tampoco lo hará. La Argentina sería uno de los últimos países en recuperarse de la debacle internacional. En el mejor de los casos, su economía caerá 3 por ciento en el 2009 y apenas crecerá en 2010.

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