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La aplastante derrota del oficialismo a nivel nacional ha profundizado la crisis económica, explicada por la diferencia entre las expectativas del mercado y el resultado efectivo de los comicios. Los fundamentals de la economía argentina del domingo a las 22hs eran los mismos que los del viernes previo y sin embargo, al abrir el mercado el lunes, el caos se hizo presente.

“Macri es el caos”, había predicho C. Fernández. Mientras que del otro lado se atribuía la reacción del mercado justamente a la victoria del delfín de CFK. Culpas cruzadas que seguían alimentando la polarización, solo que esta vez parece haber un ganador, las urnas lo dijeron. Los resultados parecen mostrar que para el público en general (familias) el Presidente es el caos y para los mercados lo es A. Fernández. Resulta difícil fortalecer la gobernabilidad si un sector de la sociedad da la espalda al Presidente.

En el mercado reinó el peor de los entornos que se puede tener, la incertidumbre. Algo que hace que el comportamiento se vuelva ‘precautorio’ y en esta ocasión, resultó en una fuerte depreciación del peso. Las acciones cayeron en magnitudes similares a los de las peores crisis del país y la renta fija se desplomó. En un fallido intento de dar respuesta, el Presidente salió a dar una irresponsable conferencia donde se mostró enojado con el electorado y mostró falta de autocrítica. Horas después se arrepintió de sus dichos. Del otro lado, A. Fernández fue medido en sus declaraciones, aunque insistió en que el dólar estaba ‘subvaluado’.

Un escenario de descontrol no era deseable, ya que haría que de la elección del domingo pasado no tuviera en verdad un ganador, sino que dejaría del lado del perdedor a todo el país. Ambos candidatos tuvieron que recular en sus declaraciones debido a que ni a M. Macri ni a A. Fernández habían entendido este punto. La necesidad de mostrar que ningún candidato significa ‘caos’ para ningún sector preponderó. A. Fernández le habló a los mercados y M. Macri comenzó a hablarle a la gente.

Los tiempos en la economía se aceleraron y ahora nos persiguen dos fenómenos que parecían no tener cabida hasta la semana pasada. El primero, el riesgo de una inflación (muy) alta. El segundo, la posibilidad de un default.

Respecto al primero, existen motivos para preocuparse. Se parte de una inflación superior al 50% a la que se le añadió una apreciación del dólar del 30%. Los tenedores de pesos están viendo cómo se diluye su riqueza, la moneda doméstica está degradada y ello alimenta la posibilidad de que la inflación se acelere. No vemos una conducta aún propia de una dinámica de alta inflación, y si el dólar logra encontrar nivel, ese riesgo será mitigado. De todas formas, la inflación de este año seguramente superará el 55%.

La necesidad de tener que reordenar el perfil de vencimientos de los próximos años en cambio, sí es casi una certeza. El lunes la deuda terminó operando en niveles de default reflejado en paridades por debajo del 50%.

El programa del FMI fracasó para sus objetivos, lograr reducir la inflación, equilibrar las cuentas fiscales y recuperar el acceso a los mercados. El propio FMI en sus Staff Reports indica que la probabilidad de que la deuda sea sostenible es cada vez menor. El propio organismo ya descuenta que Argentina va a tener que ir desde el Stand by a un Programa de Facilidades Extendidas.

Por otro lado, la deuda con el sector privado también necesitará ser reacondicionada. La economía argentina no crece y sin ese crecimiento no hay posibilidad de pagar los vencimientos. Otra vez la Argentina atravesando un evento de stress. Esta vez hay nuevos casos de ‘éxito’ para explorar como el de Ucrania en 2015 y Uruguay en 2003.

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