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La pobreza del segundo trimestre del 2020, a pesar de la ayuda social, trepó al 47,8%. Casi medio país en situación de pobreza. Una radiografía de la situación queda expresada en los siguientes números: el 13% de la población estuvo en situación de indigencia, un 35% son pobres no indigentes, 20% están en una situación de vulnerabilidad debido a que sus ingresos equivalen como mucho a 1,5 veces la Canasta Básica Total que delimita la línea de pobreza. Tan solo un tercio de la población no tuvo problemas de ingreso.

El PBI per cápita (equivalente al ingreso), retrocede a niveles de medio siglo atrás y a pesar del esfuerzo del Sector Público por hacer transferencias por cubrir el déficit de los deciles más bajos, la distribución empeoró respecto a aquellos tiempos. Aún sin considerar la crisis de la pandemia, el PBI per cápita cayó en los últimos 10 años y la desigualdad se mantuvo constante. La economía no pasó ni por un proceso de crecimiento, ni por uno de inclusión social, independientemente del gobierno la desigualdad no pudo romper el piso que dejaron los 80.

De todas formas, el número de personas en situación de pobreza es alarmante. Bajo supuestos generosos de una reactivación del mercado de trabajo y crecimiento de los salarios la misma puede alcanzar un piso de 43% para el tercer segundo del año corriente. Definitivamente hay que crecer, pero no parece que alcance para dar vuelta fácilmente esta situación.

El diálogo político, si existe, se para en dos veredas que plantean soluciones que parecen antinómicas. Por un lado, un crecimiento basado en la meritocracia y la eficiencia. Del otro lado, una redistribución de ingresos de un país que no produce ingresos. No puede un país crecer marginando a la mitad de la población, esperando que en algún momento se derrame ese crecimiento. Esa mirada es tan simplista como esperar que la situación mejore simplemente redistribuyendo ingresos que son migajas.

El crecimiento inclusivo existe, es un círculo virtuoso donde el mismo genera aumento de las tasas de ahorro, inversión en capital físico y humano, lo cual eleva la productividad y acumulación de los factores elevando el PBI potencial. Pero no estamos ni cerca de encarar ese círculo, que se contrapone con uno vicioso mediante el cual la pobreza se perpetúa, los ahorros no se canalizan a inversión, se degrada el capital humano y la rueda gira en un espiral descendente.

Muchas veces existe la pregunta acerca de cuánto ‘aguanta’ esta situación, una caída del PBI similar a la de 2002, una tasa de pobreza igual a la de aquel momento. Si la recuperación del mercado de trabajo no se da y la inflación sigue carcomiendo ingresos de familias, la pobreza podría superar el 50% este mismo año. Seguir en esa senda es una cuestión de tiempo para desencadenar una crisis social.

Podría existir la discusión acerca de cómo empezar a hacer girar la rueda, si es redistribuyendo o creciendo, pero ni siquiera esa discusión aparece en el campo del diálogo político. Dentro de tantos stocks que se han comido los distintos gobiernos, actualmente nos estamos devorando el stock de clase media. Los pobres son cada vez más pobres y los deciles más altos, incluso el décimo, es cada vez más pobre. No hay forma de que el país no se polarice en esa situación.

El actual rumbo llega a ser ridículo, se habla de la necesidad de generar empleo para una fuerza laboral no cualificada y al mismo tiempo se pretende avanzar en insertarse al mundo exportando servicios intensivos en capital humano. Esos niveles de contradicción son, en alguna medida, el producto del fracaso de no comprender adecuadamente en el pasado y en el presente las interconexiones entre crecimiento e igualdad y entenderlas como un ciclo o relación bidireccional en lugar de ponerlas en extremos contradictorios.

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